Aplicación del Análisis ABC de Inventarios de Mantenimiento industrial

El análisis ABC de inventarios, es una técnica de clasificación que ordena los artículos de un almacén según su valor de uso. Entendido como el resultado de multiplicar la cantidad consumida de cada repuesto durante un periodo por su costo unitario, de modo que en vez de tratar a mil referencias distintas como si todas merecen la misma atención, la planta puede identificar con precisión cuáles concentran la mayor parte del dinero que realmente se mueve en el almacén.

Para el personal que administra a los repuestos del inventario de mantenimiento suele partir de un listado extenso y heterogéneo, con piezas que van desde un rodamiento de varios miles de dólares hasta un empaque de pocos centavos, y sin un criterio de priorización termina invirtiendo el mismo esfuerzo de control, conteo y seguimiento en un sello barato que en un reductor costoso, lo cual diluye la capacidad de gestión justo donde más se necesita.
La lógica detrás de esta clasificación llegó prestada al mantenimiento industrial desde la administración de inventarios en general. En 1951, un ingeniero de General Electric llamado H. Ford Dickie publicó un artículo en el que aplicaba a la gestión de materiales el principio que Vilfredo Pareto había formulado décadas antes al observar cómo se distribuía la riqueza en la sociedad.
Y ese traslado de un fenómeno económico a un problema de bodega resultó ser tan útil que hoy sigue siendo, la primera herramienta que cualquier ingeniero de confiabilidad aprende para poner orden en su inventario de repuestos. Sea la planta grande o pequeña, de proceso continuo o por lotes, el mismo patrón tiende a repetirse con una regularidad notable, un grupo reducido de artículos concentra la mayor parte del valor y un grupo amplio concentra apenas una fracción menor.
Su aplicación es un procedimiento sencillo de seguir, aunque exigente en la calidad de los datos de inicio, y consiste en calcular el valor de uso de cada repuesto durante un periodo definido, generalmente un año, ordenar esa lista de mayor a menor y acumular el porcentaje que cada posición añade sobre el total, hasta llegar a los cortes que el propio analista decide para separar los repuestos de clase A, de clase B y de clase C.
Ninguno de esos cortes viene impuesto por una norma universal, y aunque el esquema más citado reparte el valor de uso en 50%, 30% y 20% para cada clase, el criterio final siempre queda en manos de quien conoce la operación y decide dónde trazar la línea.

El resultado práctico de aplicar el análisis ABC de inventarios en mantenimiento es una hoja de ruta para invertir el esfuerzo de gestión donde el dinero realmente se concentra, en lugar de repartirlo por igual entre cientos de referencias que, sumadas, apenas representan una fracción menor del capital que la planta destina a mantenimiento. Ese esfuerzo se prioriza sobre todo en tres frentes:
Negociación con proveedores de los repuestos que más peso tienen en el valor de uso.
Frecuencia de revisión de existencias, más cercana cuanto mayor sea la clase del repuesto.
Nivel de control administrativo, concentrado en un puñado de repuestos de clase A y no repartido por igual en todo el catálogo.

¿Qué mide exactamente el valor de uso de un repuesto?
El valor de uso surge de multiplicar el precio del repuesto por la cantidad efectivamente consumida durante el periodo analizado, como un cálculo que deja fuera el precio mirado en solitario y la cantidad que simplemente permanece guardada en el almacén.

Por ejemplo, un repuesto de refractario que cuesta apenas unos dólares por unidad puede terminar concentrando una porción enorme del valor de uso anual si la planta lo reemplaza por miles cada año. Mientras que un motor de 12.000 dólares que se compra una sola vez en el mismo período puede quedar por debajo del mismo, en la clasificación, y esa aparente paradoja es justamente lo que hace valioso al método, porque revela dónde se va el dinero en la práctica y no dónde parecería lógico que se fuera si uno mirara solo el precio de catálogo.
La demanda que se utiliza para este cálculo corresponde exclusivamente a los repuestos que tuvieron movimiento real durante el año analizado, dejando fuera a todo lo que permaneció en el almacén sin salida alguna, de manera que una planta con miles de referencias en su catálogo puede terminar analizando apenas una fracción de ellas porque el resto, sencillamente, no rotó en ese periodo.
Este matiz importa porque explica por qué dos plantas con catálogos de tamaño parecido pueden mostrar resultados de clasificación distintos entre sí, ya que lo que entra al análisis depende del comportamiento real del consumo y no del tamaño nominal del inventario.
El procedimiento paso a paso sobre un caso de mantenimiento

Veamos la aplicación a un caso concreto, para ayudar a fijar el procedimiento.
El ejemplo que se usa aquí, construido con fines didácticos, corresponde a uno inspirado a partir del curso (Gestión y Optimización de Inventarios para mantenimiento), por el instructor, José Contreras, , sobre una planta cementera hipotética que llamaremos Cementos Altiplano, cuya operación gira en torno a un: molino de crudo, horno rotatorio, molino de cemento, ventilador de tiro inducido, elevador de cangilones, transportadores de banda y de cadena, bomba de agua de enfriamiento y un compresor de aire de instrumentos, activos de proceso continuo cuya indisponibilidad detiene la línea completa de producción.

Ese contexto operacional se definió a propósito antes de tocar cualquier número, porque clasificar repuestos sin entender primero qué función cumple cada equipo dentro del proceso productivo deja el análisis sin ningún punto de referencia real.

Sobre ese contexto se levantó un listado de 20 repuestos representativos (vale aclarar que son pocos porque su finalidad es solo el aprendizaje en la vida real, serían muchos más), cada uno con su precio unitario y su demanda anual registrada, exactamente como sale de un sistema de gestión de mantenimiento antes de que alguien se siente a ordenarlo. Ese registro sin procesar es el punto de partida obligado de cualquier análisis ABC, y muestra ya la primera lección del método, precios distintos conviviendo con demandas también distintas, sin que a simple vista sea evidente cuál de los 20 concentra más valor.

El primer paso operativo consiste en multiplicar el precio unitario de cada repuesto por su demanda anual para obtener el valor de uso individual, sumar esa columna para conocer el valor de uso total del periodo y ordenar todo el listado de mayor a menor según esa cifra, un ordenamiento que suele reacomodar por completo el orden original de los repuestos porque el precio unitario, por sí solo, no predice quién terminará arriba. En el caso de Cementos Altiplano, un ladrillo refractario de apenas 15 dólares la unidad, termina en la primera posición porque el horno consume 3.000 unidades al año, un volumen que ningún repuesto caro y de baja rotación logra igualar, mientras que ese mismo ladrillo, mirado solo por su precio de catálogo, habría pasado completamente inadvertido.
Con la lista ya ordenada se calcula, fila por fila, el porcentaje que cada repuesto representa sobre el valor de uso total y el porcentaje acumulado que resulta de sumar esa fila con todas las anteriores, de forma que la primera posición conserva su propio porcentaje y cada posición siguiente arrastra el acumulado de las que la preceden hasta cerrar en 100% en la última fila. Este acumulado es, en rigor, el corazón del método, porque es la columna que después se compara contra los cortes definidos para asignar la clase A, B o C a cada repuesto.

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Cortes que separan las clases A B y C
Definir dónde termina la clase A y dónde empieza la C, es una decisión del analista y no una regla fija impuesta desde afuera, aunque existe un esquema ampliamente citado que reparte el valor de uso acumulado en 50% para la clase A, 30% adicional para la B y el 20% restante para la C, esquema que se usó también para clasificar el caso de Cementos Altiplano.
De acuerdo con ese criterio, apenas dos de los 20 repuestos, el ladrillo refractario y un motor eléctrico de 200 caballos de fuerza que se compra una sola vez al año pero a un precio elevado, alcanzan juntos el 43% del valor de uso total y quedan clasificados como A, siete repuestos adicionales suman otro 36% y quedan en B, y los 11 restantes, pese a ser más de la mitad del listado, apenas representan el 21% del valor.
Clase A: pocos repuestos, alto valor de uso acumulado, exigen seguimiento individual, negociación cercana con el proveedor y revisión frecuente de su punto de pedido.
Clase B: un grupo intermedio en cantidad y en valor, que suele gestionarse con reglas estándar de reposición sin llegar al control artículo por artículo.
Clase C: la mayoría de las referencias del catálogo, cada una con poco peso individual en el valor de uso, donde conviene simplificar la gestión antes que sobrecargarla de control.
(Captura sugerida, pestaña Análisis ABC del Excel, tabla completa ya con la columna de clase coloreada en rojo, ámbar y verde, y el mapa de calor sobre la columna de porcentaje.)
Un repaso rápido a un caso documentado de una transportadora de gas que movía cerca de 3.000 tipos de artículos ilustra el mismo patrón a otra escala, donde apenas 185 referencias, algo más del 3% del catálogo total, concentraron el 80% del valor de uso del periodo analizado.
La proporción exacta varía de una planta a otra y de un esquema de cortes a otro, pero la forma de la curva se repite con una consistencia que ya no sorprende a quien ha trabajado suficientes inventarios industriales, pocos artículos arriba concentrando mucho valor y una cola larga de artículos abajo con poco peso individual cada uno.
Para visualizar esa curva sin depender únicamente de la tabla numérica conviene apoyarse en un gráfico de valor acumulado contra la posición del repuesto, que dibuja una línea de subida pronunciada al comienzo y un aplanamiento progresivo hacia el final, y permite ver de un vistazo dónde exactamente se agota el esfuerzo de clasificación antes de haber revisado todo el listado.
Qué hacer con cada clase una vez clasificado el inventario
Clasificar abre camino a la decisión que realmente importa, la de con qué intensidad se gestiona cada repuesto y ahí es donde el análisis ABC de inventarios entrega su verdadero valor operativo.
Sobre los repuestos de clase A, conviene revisar oportunidades concretas de reducción de precio, explorar proveedores alternativos y ajustar el punto y la cantidad de pedido con mayor frecuencia, porque cualquier ineficiencia en ellos se multiplica por un valor de uso alto y termina pesando de forma desproporcionada en el presupuesto.
Los de clase C, en cambio, el mismo nivel de análisis suele no justificarse, dado que el ahorro potencial de revisar uno a uno cientos de repuestos de bajo valor rara vez compensa el tiempo del analista, y conviene reservar ese esfuerzo adicional para cuando la clase B no haya generado ahorros suficientes por sí sola.
Esta prioridad tiene además un reflejo presupuestario que conviene dimensionar, porque el inventario de mantenimiento suele representar entre 40 y 50% del presupuesto total destinado a esa función en buena parte de las plantas industriales, una proporción que convierte a cualquier mejora en la gestión de la clase A en un ahorro con impacto directo sobre el gasto operativo de la planta.
Los estudios de referencia del sector citan además que las plantas con mejores prácticas de gestión de repuestos gastan alrededor del 3,5% del valor de reposición de sus activos en inventario de mantenimiento, frente a un promedio cercano al 5,2% en el resto, una diferencia que conviene tomar como orientación general y no como meta exacta, pero que ilustra el margen de mejora que suele existir cuando la clasificación por valor de uso todavía no se aplica de forma sistemática.
Frecuencia de revisión: los repuestos A se revisan con mayor regularidad que los B, y estos a su vez más que los C.
Nivel de control: el seguimiento individual, la trazabilidad detallada y la negociación de precio se concentran en la clase A.
Momento de actuar sobre B y C: solo si el ahorro logrado en la clase A, es insuficiente conviene extender el análisis hacia la clase B, dejando la C como última prioridad salvo excepciones puntuales.
Conviene no perder de vista que el análisis mide únicamente valor de uso y no la criticidad operacional de cada repuesto, de modo que un repuesto barato y de baja rotación puede terminar en clase C, pese a ser indispensable para arrancar un equipo después de una falla, un matiz que este método por sí solo no captura y que exige complementarlo con otros criterios de priorización cuando la consecuencia de no tenerlo disponible es desproporcionada frente a su valor de uso.
Aplicar el análisis ABC dentro de un contexto operacional definido
Clasificar repuestos sin haber definido antes el contexto operacional de la planta corre el riesgo de tratar por igual activos que cumplen funciones muy distintas dentro del proceso, razón por la cual conviene documentar de entrada qué equipos entran en el alcance del análisis, bajo qué régimen operan y qué consecuencia tiene su indisponibilidad antes de tocar cualquier cifra de precio o demanda.
En Cementos Altiplano, por ejemplo, la falta de un repuesto crítico en el horno rotatorio o en el ventilador de tiro inducido detiene la línea completa de producción, mientras que la misma falta en un equipo auxiliar de menor impacto puede absorberse sin mayores consecuencias, y esa diferencia de consecuencia es justamente lo que un análisis exclusivamente financiero como el ABC no alcanza a distinguir por sí solo.
Esta forma de documentar primero el contexto antes de clasificar coincide, en el fondo, con el principio detrás de la norma internacional que ordena la recolección de datos de confiabilidad y mantenimiento en las industrias de petróleo, petroquímica y gas, la cual exige levantar una jerarquía clara de los equipos y sus componentes antes de analizar cualquier dato de falla o de repuesto asociado a ellos. El análisis ABC de inventarios no sustituye ese trabajo previo de entender la planta, lo complementa una vez que la organización ya sabe con qué equipos está tratando y qué tan grave es para la producción quedarse sin el repuesto correcto en el momento equivocado.
Conclusión
Ordenar un inventario de repuestos por su valor de uso, convierte una lista plana de referencias en un mapa de prioridades sobre el que un equipo de mantenimiento puede apoyar decisiones de compra, negociación y control, en lugar de repartir el mismo esfuerzo administrativo entre un repuesto que apenas pesa en el presupuesto y otro que concentra buena parte de él. La fuerza del método está justamente en su sencillez aritmética, precio por demanda, orden descendente, porcentaje acumulado, sin que haga falta ningún software sofisticado para obtener un resultado accionable desde la primera aplicación.
Este análisis llevado a la operación diaria de una planta, se convierte en un insumo concreto para el área de compras y para el área de mantenimiento por igual, porque ambas comparten interés en saber dónde concentrar la atención cuando el tiempo y el presupuesto, como suele ocurrir, no alcanzan para tratar cada repuesto con el mismo nivel de detalle. Un puñado de referencias bien vigiladas suele rendir más que un catálogo entero tratado con la misma intensidad de control.
Queda, eso sí, una limitación que conviene tener presente antes de cerrar cualquier decisión basada únicamente en este criterio, y es que el valor de uso no equivale a la importancia operacional de un repuesto para la continuidad del proceso, de manera que la clasificación ABC, funciona mejor cuando se complementa con un criterio adicional que capture la consecuencia de no disponer de cada repuesto en el momento en que la planta lo necesita.
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