Portada de la Edición 24 de Predictiva21
Revista Predictiva21

Edición 24

Esta edición de la revista abre con un editorial sobre la ciudadanía otorgada a robots y la identidad de la inteligencia artificial, e incluye una entrevista a Vanesa Pirani, de la Sociedad Latinoamericana de Facility Management, reproducida de CIFMERS. Este número también reúne contenidos técnicos sobre el análisis RAM de un sistema de bombeo con simulación Monte Carlo, los criterios de aceptación de vibración en compresores reciprocantes, un nuevo enfoque de criticidad para la lubricación de maquinaria, el modelaje elastomásico del rotor de una turbina a gas, un caso real de desalineación en un motor eléctrico y la aplicación de la norma API 581 a un recipiente de la industria petroquímica.

Completan la edición las reseñas del 13º Congreso de URUMAN y del Congreso IMC 2017, y el calendario de eventos de mantenimiento.

Editorial

Hace poco, la ciudad de Tokio, Japón, acaba de concederle la residencia a Shibuya Mirai. Esto no tendría ninguna trascendencia, de no ser por Mirai es un robot. Esta entidad de inteligencia artificial tiene la apariencia de un niño de siete años, y su función básica es ser un guía en la zona en la que “vive”, además de permitir que los residentes del sector se comuniquen con las autoridades locales a través de la mensajería LINE.

Por su parte Hussein Abbass, Profesor en la Escuela de Ingeniería & IT en la Universidad de Nueva Gales del Sur-Canberra, se ha mostrado en un escrito publicado en el portal The Conversation un artículo en el cual expresa su “profunda preocupación” luego de que Arabia Saudita haya otorgado la nacionalidad a un robot llamado Sophía. Este robot, que puede imitar expresiones humanas y sostener conversaciones inteligentes, fue creado por David Hanson, un profesor universitario doctorado en 2007 en la Universidad de Texas y desarrollado por la empresa de Hong Kong Hanson Robotics.

Según Abbass, un investigador enfocado en la seguridad de la realidad virtual y los sistemas autónomos, “nuestra sociedad no está preparada para tener robots ciudadanos, puesto que hay cuestiones sociales y éticas que todavía no somos capaces de esclarecer como humanos”. Argumenta que entidades como Sophía son un riesgo para la ciudadanía, debido a las debilidades de esa misma ciudadanía, que carece de mecanismos confiables para asegurar la ética de los sistemas inteligentes, además de las “áreas grises” que todavía perviven en los sistemas legales humanos, referidos a la ética, los derechos, las circunstancias, los atenuantes, y todo lo que suele complicar y embrollar la aplicación taxativa de las leyes.

Pero tal vez, el punto más sensible planteado por Abbass (que se pasea también por los derechos legales y sociales de Sophía), es el concerniente a la identidad. ¿Qué le da a Sophía, o a Mirai, identidad? Hemos hablado de esto muchas, muchas veces, en esta publicación. La identidad humana parte de reconocimiento de que Yo Soy un ser humano. Pero la conciencia del Yo Soy es el paso evolutivo más importante de nuestra especie, pues es precisamente esta chispa inicial de conciencia la que comenzó la diferenciación de nuestra especie con respecto al resto de los primates. Saber que Yo Soy se transforma en Yo Estoy, Yo Quiero, Yo Puedo, Yo tengo, Yo Hago y así ad infinitum. Es el Yo Soy quien define nuestras acciones, por encima de nuestra programación genética, y eso es algo de lo cual ninguna otra especie puede presumir. Sólo los seres humanos PUEDEN decidir, y esas decisiones obedecen a la conciencia inicial del Yo Soy, a la semilla primigenia de la identidad.

Planteado esto ¿de dónde proviene la identidad de un ser de inteligencia artificial, una identidad tan clara como para ser considerado un ciudadano, separado para siempre de la cosificación y convertido en un “ser”? ¿De dónde proviene entonces la capacidad de “ser”, en una entidad que no tiene conciencia del Yo Soy, sino que responde a una serie de programaciones que viajan por sus circuitos? Según Abbass, la identidad de Sophía podría establecerse a través de su código de barras o una señal electromagnética, pero no pasarían de ser meros protocolos de gestión de identidad, en este caso identidad de su hardware, no de Sophía como “ser”.

La identidad humana descansa sobre capas y capas de experiencias, que se modelan y evolucionan con los años, y responden a nuestras características biológicas, nuestra cultura, la herencia genética y en las decisiones que tomamos partiendo de nuestro estado de conciencia, ese yo soy inicial que descubrimos desde los dos años de edad. Ninguna inteligencia artificial puede hacer eso. Así que su identidad es también una identidad artificial.

El dilema se centra entonces en la falta del tejido legal, consistente y probo, que protejan a los seres humanos de posibles ataques de “seres” artificiales. Mucho se ha hablado de la temida singularidad, esa que haría posible que un robot “tomara conciencia de sí mismo” y con ello comenzara a su vez a tomar decisiones fuera de su programación, decisiones que podrían no favorecer a la raza humana (ver Terminator, Matrix, Yo Robot y todo lo que plantea la cultura de masas respecto al tema). Sin embargo ¿no están los seres humanos empujando esta misma singularidad que tanto temen, al entregar estatus de ciudadanos a simples máquinas? ¿No hay un cierto complejo de Pigmalión detrás de esas acciones? Como siempre, es la HUMANIDAD misma quien teje su destino, al decidir qué hacer consigo misma. Decisiones que, como todo, pueden salir bien, o pueden salir mal. Pero en eso consiste “ser”.

En esta edición

Artículos de la Edición 24

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